domingo 29 de noviembre de 2009

La casa de Ambarina resplandecía bajo la luz del cálido verano, eterno entre las olas y la brisa marina. Jolie tarareaba mientras revolvía la limonada, y sobre la mesa de la cocina la harina se expandía formando un mantel blanquecino y arenoso. De el interior de la despensa la alegre voz de Ámbar surgió cantarina.

-Déjalo ya, Jolie, ¿por qué no me ayudas con las galletas?

Jolie guardó la jarra en la nevera, y comenzó a batir el chocolate. Ambas no tardaron en mancharse por completo con la pasta oscura. Las moldearon a su gusto, creando estrellas, corazones y lacitos. Cuando apenas quedaba masa para seguir elaborándolas, las introdujeron en el horno. Pronto, el olor comenzó a estremecerse y a extenderse por toda la casa. Olía a felicidad inocente, a sonrisas secretas, a palabras irrelevantes llenas de importancia para dos niñas pequeñas, y a galletas recién hechas.

Ambarina estaba cubierta de harina, y en la cara tenía gotitas de chocolate. Jolie se encontraba igual. Levantó un dedo entre risas infantiles, y le retiró un poco de masa de la mejilla.

- Mmm, si están tan buenas como esto, seguro que salen unas galletas buenísimas.

Ámbar le sonrió, cómplice. Salieron riendo al pequeño jardín, las briznas se perdían entre las margaritas. Llevaron consigo la limonada, fría, dulce y refrescante. Las historias se acumulaban en la tarde interminable, bajo un pequeño arbolillo de hojas verdes. Las nubes se sucedían una tras otra en el cielo, contorneándose en divertidas formas. Y coronadas princesas de su cuento de hadas, disfrutaron del resto del día saboreando cada gotita de su libertad.